1.- CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN

Plantilla Ilustración.

textos Bossuet y Hobbes

Enlace Prezi

– Imágenes:  Enlace

Textos de demografía Antiguo Régimen.

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–  Textos:

Demografía del Antiguo Régimen

Discurso Luis XVI a los Estados Generales en1766:  Monarquía absoluta

– LUIS XIV

Biografía

Una jornada.

Luis XIV escribió en su diario: “De pronto, comprendí que era rey. Para eso había nacido. Una dulce exaltación me invadió inmediatamente“. Cuando los funcionarios le preguntaron respetuosamente quién iba a ser su primer ministro, el soberano contestó: “Yo. Les ordeno que no firmen nada, ni siquiera un pasaporte, sin mi consentimiento. Deberán mantenerme informado de todo cuanto suceda y no favorecerán a nadie.”

“El Estado soy yo.”

“El bien del Estado es la Gloria del Rey.”

Me marcho, pero el Estado siempre permanecerá”.

– REVOLUCIÓN INGLESA

Vídeo . In English

londons burning:  The Great Fire

Mayflower

– REVOLUCIÓN AMERICANA

Declaration of  Independence

Información sobre Luis XIV:

Para entender el origen del estilo de retratos habría que remontarse casi 100 años antes, a la rebelión de La Fronda que ocurrió en Francia entre 1648 y 1653. Fue una revuelta entre un gran grupo de nobles contra Ana de Austria, madre de Luis XIV, que gobernaba el país como regente tras el fallecimiento de su esposo, el rey Luis XIII, con la ayuda del cardenal Manzarino. La reina tuvo que huir varias veces con su hijo y el cardenal, se dice que Luis XIV tuvo que dormir más de una vez en un suelo cubierto de paja, y que la reina tuvo incluso que vender varias de sus joyas para dar de comer a sus hijos. El resultado fue una enorme desconfianza del rey a toda la nobleza.

Pero alguien como Luis XIV no se quedaría de brazos cruzados. Haría que esa nobleza levantisca sucumbiera ante él. Y se puede decir que lo consiguió, la imagen que tiene todo el mundo de la corte de Versalles no es de una corte altiva sino aduladora, que intrigaban entre ellos para ganarse el favor del rey.

Luis XIV puso en marcha toda una maquinaria de propaganda que le convertiría en el Rey Sol que deslumbraría sobre toda Francia y sobre toda Europa.

Expandió el reino de Francia al este y al norte, las colonias en América, África y Asia se multiplicaron, gracias su gestión económica los ingresos se triplicaron.

El símbolo de su majestad y poderío sería el palacio de Versalles, iniciado en 1661 y terminado en 1682.

A continuación reproduciré un fragmento de la novela “La traición de Versalles” en el que la protagonista nos relata la vivencia de su padre, el conde de Saint-Albert, la fiesta que celebró Luis XIV en Versalles, titulada Placeres de la isla en cantada:

“De todas las fiestas que se celebraron en Versalles, mi padre guardaba la de los Placeres de la isla encantada su más bello recuerdo. Me describió su desarrollo y su ambiente hasta en los más mínimos detalles. Además, el libro de Ballard en que se narraba el evento se convirtió en uno de mis favoritos.

[…] Los Placeres de la isla encantada fueron un éxito. El 5 de mayo, la corte llegó a Versalles. El 7, un miércoles, las trompetas y los timbales inauguraron los festejo. François de Beauvillier, amigo del rey y primer gentilhombre de la Cámara al que recientemente habían nombrado duque de Saint-Aignan, se presentó, disfrazado de guerrero, a lomo de un sobrio caballo blanco. El rey llegó después. Ése era el orden previsto. Así se apreció más la belleza de su montura ornada de oro, piedras preciosas y plata. Tras él, desfilaron los duques de Guisa, de Foix, de Coislin y de Noailles, luego los condes de Armagnac y de Lude, y por fin los marqueses de Villequier, de Soyecourt, de Humières y de la Vallière, el hermano de la amante del rey.

En esa parada, La Rochefoucauld respondía sólo al título de príncipe. Todavía no era duque, aunque ya tenía el mismo porte gallardo que el hijo de Condé, que cerraba la marcha. Y así dio comienzo la fiesta. Esos señores penetraron en la isla encantada, invitando a los demás a que se unieran con ellos. Entraron en un recinto invisible cuyo centro lo constituía la isla

Los festejos se inspiraban en el Orlando Furioso de Ariosto. El rey y los componentes de su séquito representaban cada uno a un personaje creado por el narrador. Luis XIV era Rogelio. Le flanqueaban Guido el Salvaje, Ogier el Danés y Aquilante el Negro. La fabulosa historia relataba las hazañas y aventuras de unos valientes caballeros que se hallaban encerrados en el palacio de Alcina, situado en el corazón de una inexpugnable isla. Su cautividad, sin embargo, no tenía sólo aspectos negativos. Para retenerlos, la hábil maga y dueña del territorio recurría a sus delicias, que no eran otros que el amor y la belleza. Y lo hacía con tal arte que aquella cárcel se parecía más a una isla encantada que a la Bastilla.

Para romper el encantamiento y reconquistar la libertad, había que apoderarse de un anillo. Ésa era la misión de los caballeros. Pero ¿por qué no aprovechar antes los placeres que tenían al alcance? El tema de la isla encantada acababa de nacer. Cabía preguntarse, no obstante, si se trataba del argumento de una fiesta pasajera o si iba a ser la perpetua plasmación de Versalles; si los pabellones de madera y los ornamentos iban a desmontarse o si permanecerían allí para siempre.

El espectáculo se desarrolló por entero en los jardines. Aun cuando se presentaba algo efímero, ¿quién podía asegurar que los cortesanos presentes, primeros de una larga lista, iban a despedirse realmente de ese espejismo? ¿Cuántos se adueñarían del anillo que podía liberarlos de los sortilegios y encantos imaginados por el Rey Sol? De manera imperceptible, el filtro actuaba y la maquinaria funcionaba a la perfección mientras en escena había un único y gran actor. Aquella noche, bastaba con aceptar ser un simple espectador.

-Sucumbir- murmuró mi padre.

Para demostrar cuán agradable era habitar en la isla encantada, se recurrió a hábiles artífices. Sain-Aignan, Molière, Périgny, Lully, Vigarani y Benserade pusieron su genio a disposición del rey, ayudados por un ejército de actores, bailarines, músicos y artesanos venidos del París. La fiesta exigía grandes medios. Los protagonistas dispusieron de ellos con creces. Lo expuesto a continuación es prueba de ello.

Una vez concluido el desfile de los gentilhombres, apareció un inmenso carro. Era el de Apolo, que viajaba en la cúspide, rodeado de los Siglos de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro. Pitón, Dafne, Jacinto y Atlas seguían su estela, acompañados de pajes y comediantes que figuraban las doce horas del día y los doce signos del zodiaco. El tiempo, los dioses y los semidioses, la belleza y la potencia, la fuerza y el esplendor tenían pues igualmente cabida en la isla encantada. ¿Qué les quedaba a los mortales, olvidados y abandonados en el mundo ordinario? En aquel que había inventado el rey, todo se detenía y se asentaba. Incluso el día, puesto que la noche llegó. ¿Sería ya el final de una quimera? La respuesta surgió después de una colación. Iba a dar comienzo la competición del Anillo.

Ese ejercicio de destreza, comparable a los torneos caballerescos, mantenía un estrecho vínculo con el tema de los festejos. El anillo representaba la reconquista de la libertad. El rey estuvo excelente. El anillo acabó en las manos del propietario de las llaves de aquel reino.

Lully y sus treinta y cuatro músicos se presentaron entonces con la misión de hacer vibrar el corazón de los asistentes. Durante el concierto, doscientas antorchas sostenidas por sendas manos alumbraron el escenario. Fuera, en la penumbra, se preparaba la cena. Cuando estuvo lista, llegaron cuarenta y ocho criados, cada uno de los cuales cargaba en la cabeza un vasto lebrillo con los dones de la Primavera, el Verano, el Otoño y el Invierno. Las estaciones también se habían congregado allí para permanecer en comunión con aquel indivisible reino. Después, la abundancia fue servida a la luz de una multitud de candelabros de veinticuatro velas. El rey se mostró alegre, afable y accesible a todos. Los asistentes le dieron las gracias por aquellos momentos de placer. Creían que lo esencial ya había tenido lugar. En realidad ése no fue más que el primer día.

Al día siguiente, los festejos no se reanudaron hasta la noche. Las sombras intensificaron la magia y los invitados se mecieron en su impulso. Acunados como en un sueño, se dejaron conducir hacia un escenario rodeado de empalizadas. Se levanto una gran tela cuando se inició el espectáculo, resultó difícil distinguir dónde comenzaba la realidad y dónde acababa la ficción. Molière y Lully fueron los principales artistas de estos encantamientos. Entre los billetes se intercambiaron intermedios teatrales cantados y bailados, acompañados de clavecines, coro y treinta violines. Mientras los artistas disfrazados de pastores bailaban y cantaban, los tramoyistas levantaron las tablas de la tarima y, del suelo, surgió entonces un gran árbol cargado de dieciséis faunos, la mitad tocando la flauta, la otra mitad tocando el violín, en diálogo con los músicos de la orquesta que permanecían en tierra. Los pastores y faunos se unieron a continuación para representar el cuadro final. Ballard tenía razón al ponderar “que nunca hasta entonces se había visto un espectáculo de danza más hermoso”.

Durante la cena que le sucedió y que se celebró bajo un inmenso toldo destinado a proteger las antorchas de las ráfagas de viento, los comensales comenzaron a tararear el estribillo de la última creación de Molière: “Nada hay que no se rinda a los dulces encantos del amor…”

¿Los encantos de la isla encantada? Éstos eran cada vez más efectivos. Antes de acostarse, sus habitantes rememoraron lo vivido y trataron de imaginar lo que les esperaba. ¿Vivir algo mejor? Imposible. Y, sin embargo, ése fue precisamente el caso.

El encantamiento se fue tornando embrujo, el mismo del que se vale alguien para capturar y domesticar a una presa.

-Delante de la grandeza del rey, todos los presentes capitularon- reconoció mi padre.

De este modo, la trampa se cerró en la isla del rey Luis XIV. Había sido fácil recalar en ella. No sería, empero, tan sencillo distanciarse, sobre todo porque la morada de Alcina, ese lugar inexpugnable, resultaba cada vez más fascinante, atractiva…cautivadora

En el curso de la tercera noche, comprendieron que el espectáculo había sido concebido como una especie de trayecto iniciático. Poco a poco, se desplazaba y volvía a aproximarse a una superficie de agua que nada tenía que envidiar al lago en medio del que se había erigido el castillo de Alcina. Había llegado la hora de liberar a los caballeros que la maga tenía prisioneros. Advertida de los preparativos de un inminente asalto, Alcina, enfurecida, había multiplicado los obstáculos. Mientras los espectadores se acercaban a su fortaleza, brotó de las olas una roca de gran tamaño. Era una nueva isla custodiada por animales de Alcina. Cuando apenas habían tenido tiempo de hacerse una idea de ese peligro, por un efecto digno de magia, se materializaron dos islas más en los flancos de la primera. De este modo, se cerraba el paso a los atacantes y se les imposibilitaba el acceso. No había modo de tomar la isla. Entonces, Alcina se presentó en persona ante la multitud a lomos de un formidable monstruo marino, rodeada de ninfas montadas en ballenas.

Al momento, las isla se cubrieron de músicos y una claridad inmensa puso fin a la noche. Los relámpagos incendiaron el escenario ahogando a los espectadores en un nimbo que transformó sus siluetas en misteriosas sombras. El cielo, la tierra y el agua, sometidos por una forja más furibunda que la de Vulcano, se fundieron en un solo elemento. Todo se había reducido a un fuego cegador. Alcina se hallaba en la cumbre de su gloria y poder. Nada ni nadie podía oponerse a ella. Eligió ese momento para acercarse -rendirse- y declamar unos versos de alabanza al rey, señor incontestable de la isla encantada. Acto seguido, dio comienzo el ballet del palacio de Alcina.

Antes de la llegada de los caballeros, se sucedieron cuatro gigantes, seis monstruos, ocho moros, cada uno armado con dos antorchas, y otros demonios saltarines. Seis cuadros en total preludiaban el triunfo de los caballeros. Su jefe, Rogelio, cuyo papel había representado el primer día el rey, se apoderó del anillo, símbolo de la potencia de Alcina. Ésta había sido derrotada. En adelante, sólo el rey tenía entre sus manos, el destino de los caballeros. La evocación de su victoria se celebró con unos fuegos de artificio pletóricos de insospechadas maravillas y milagros. Los cohetes salían del agua para iluminar el contorno del lago, brotaban de todas partes e incendiaban el cielo estallando a una altura jamás igualada. Aquel prodigioso espectáculo quedó grabado en los espíritus de todos. Y ése era su objetivo.

La obra se había desarrollado en tres días y tres actos- El último marcaba el advenimiento de un rey cuyo poder parecía caber por entero en el anillo que le había arrebatado a Alcina.

-Y cuyo cierre podía accionar tan sólo él- concluyó mi padre.

[…] No podía haber placeres superiores a los de la isla encantada. […] La vida en Versalles concebida por Luis XIV superaba lo que cualquiera hubiera podido imaginar en sus más descabellados sueños. ¿Y qué había que hacer para conservar el derecho de seguir asociado a ella?

-No cuestionar nada. Renunciar a ejercer la crítica. Deshonrarse, en suma…

[…] La isla encantada tenía, en efecto, un precio […] El rey había fijado a su antojo sus reglas. Para contentarlo, había que respetarlas. […] Versalles tenía pues su reverso. Para disfrutar de sus placeres, la corte se debía plegar a unos usos cuyo peso y valor definía únicamente el soberado, puesto que, desde que una noche de mayo, la maga Alcina se las había confiado, sólo él poseía las llaves que daban acceso al trono.”

Con este magnífico texto, que se basó en los relatos de Ballard, queda expuesta de manera harto clara la grandeza del Rey Sol. Luis XIV fue el rey absolutista por excelencia y todas las artes debían reflejar su gloria por todos los medios. Las óperas de Lully fueron las más bellas y majestuosas de su época. Molière divertía al rey con sus comedias, mientras las tragedias Corneille y Racine eran aplaudidas por toda la corte. Los jardines de Le Nôtre son conocidos por todo el mundo. La joya de Le Vau, Versalles, sería imitada por todas las cortes europeas, desde Aranjuez al sur de Madrid hasta el palacio de Catalina en San Petersburgo pasando por el palacio de Sanssouci de Federico II el Grande en Postdam, Jacques-Bénigne Bossuet (1627-1704), destacado clérigo francés que recibió el apoyo y aprecio del soberano pronunció estas palabras : “Que la majestad y la gloriosa dignidad del palacio hagan resplandecer ante los ojos de todos el gran brillo de la potencia real, de suerte que su luz, como la de un relámpago, brille en todas partes”, esto deja meridianamente claro lo que quería que reflejara su persona y Versalles. La decoración del palacio recayó en manos de Le Brum reflejando el fasto y el prestigio político de Luis XIV.

Todo tenía que estar bajo los rayos del Rey Sol, incluida la Iglesia. Con La declaración del Clero Francés, expuesta en 1682 se imponía el galicanismo en el estado, reforzando la autoridad del rey y posteriormente en 1685 revocó el Edicto de Nantes, obligando a la población protestante a convertirse o a exiliarse, esto vino de la idea de “un rey, un estado, una iglesia”.

El arte, como expuse antes, no se libró de los deseos del monarca, y menos todavía la pintura. El retrato del rey se convierte en un asunto de estado, el retrato ha de expresar la majestuosidad del rey para producir una reacción de acatamiento y sumisión a la figura del rey. Se busca la representación de la majestad regia con los atributos que le pertenecen y la pompa que rodea su poderío, expresada con suntuosa fastuosidad

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